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Capítulo 2 - Más allá de la puertaEditar

Estas soñando.

Y sin embargo, tu entorno no se modifico.

Como si el tiempo hubiera rebobinado, te encuentras de pie en la pequeña habitación otra vez.

No puedes dejarte de sentir decepcionada, pero además de eso, estás perdida; comienzas a moverte hacía delante y atrás, izquierda y derecha, sin rumbo, sin éxito. Al final, te detienes en tu lugar, y simplemente permaneces parada, desconcertada.
Una clara sensación de malestar se apodera de ti, enraizando tus pies al suelo.

Dado el tiempo suficiente, llegas a notar las sutiles diferencias en esta habitación del sueño, como un juego de encuentra las diferencias.
Los amortiguadores no están en sus lugares. La máquina de juegos no está por ningún lado, como si la necesidad de matar el tiempo no fuera necesaria. Más allá de la puerta de cristal, desde la terraza, se pueden ver vigas suaves y apacibles de luz. No es más un espacio cerrado. No está vacía. No –– desprende una sensación de libertad.

Pero el cambio más grande de todos… es el sonido.

A medida que el cuerpo se mueve, los seres humanos ignoran inconscientemente los latidos del corazón, los sonidos de la respiración, y los crujidos, bombeos y chapoteos producidos por los órganos internos, articulaciones, huesos y carne. Pero de repente, todos y cada uno de esos ruidos resuenan claramente en tus oídos.

Es como si al conciliar el sueño, finalmente has comenzado a vivir de verdad.

A pesar de que es un sueño, no se siente en nada como tal.
Más bien, se siente como si hubieras estado durmiendo todo este tiempo, y sólo ahora has abierto los ojos…
La frontera entre el sueño y la realidad poco a poco crece confusamente.

Después de haber recogido tu ingenio y sólo tal vez esperando a que algo suceda, caminas suavemente hacía la puerta. Hay una tranquila confianza en tus pasos –– ni una gota de duda.
Suavemente, colocas la mano alrededor de la perilla de la puerta.

En ese momento, parpadea la pantalla de la televisión. En su interior aparece un ojo burlón, conjuntamente a su parpadeo con un ritmo espeluznante. Sin lugar a dudas, te está mirando.
Pero no lo notas. Sólo puedes centrarte en irte lejos de la pequeña, sofocante habitación. Y así, inclinas todo tu peso en ella, empujando la puerta todo el camino hasta abrirse.

La puerta hace un ruido ronco, y atraviesas hacía adelante.

En el otro lado de la puerta, un bizarro, misterioso paisaje se extiende delante de ti. Quedas inmóvil como si dentro tomaras, un sueño paralizante.

A tu alrededor es oscuridad, y debajo de tus pies nadan las imágenes de demonios y dioses. Pero no tienes interés en ello, y las sonrisas en sus malvados rostros no te afectan.
Al ver que no les pagas con atención, estos se vuelven acogedores y dóciles, invitándote a caminar. Y lo haces, hasta que te encuentras de pie en un nexo de puertas.

A pesar de que no hay luz, la forma de cada puerta está claramente cortando la oscuridad, negándose a ser tragadas. Cuentas uno, dos, tres… doce puertas, formando un círculo, como las horas de un reloj, y tú en el centro.

Ninguna de las puertas parece invitarte a abrirla –– para abrir las puertas, después de todo, se necesita valor, y eso es especialmente necesario para este juego de puertas, en particular, con sus extraños, inquietantes diseños. Y sin embargo, a pesar de tus vacilaciones, al mismo tiempo tienes ganas de ver que es lo que hay más allá de ellas. Puedes sentir que tu corazón late con fuerza en tu pecho –– como cuando una se encuentra enamorada, o cuando una está entusiasmada ante un gran descubrimiento. Tan rápido que, si tú tuvieras una costra, densa, comenzaría a fluir una repugnante sangre de ella.

Una puerta parece tener las piernas de una araña cosidas a su superficie. Otra parece como si hubiera sido golpeada por docenas de manos ensangrentadas en un frenético intento de abrirla. Sin embargo otra parece tener vida, un ojo húmedo está sobre ella. Otra está incrustada con evidentes luces de neón, al igual que las partes peligrosas de la ciudad, donde fácilmente se puede conseguir un dolor de cabeza, por las brillantes luces…

Caminas por el círculo de puertas, examinando de cerca a cada una.
Como parece, no has logrado del todo superar tu renuncia a tocarlas. Así que por ahora, solo las miras.
En verdad, sólo estás en una desesperada búsqueda por una pista, algo –– cualquier cosa –– que pueda decirte que puerta sería la mejor para abrir.

Por ejemplo, mirándolo como un reloj, podría ser una buena idea empezar desde la una en punto, y mantener las agujas del reloj marchando. O tal vez estás completamente equivocada, y el más llamativo se ve así a propósito, para que vayas a través de él primero. Por el contrario, tal vez no sería una mala idea echar un vistazo a la más sencilla…

Pero no puedes quedarte reflexionando por mucho tiempo.
La lógica no va a funcionar aquí, te das cuenta de eso, y no parece haber una respuesta correcta. No hay nadie que te guíe, tampoco. Viéndolo de esta manera, no hay realmente alguna razón para pensar profundamente en esto.

Como si ya estuvieras decidida, o simplemente guiada por el sentido común, cierras suavemente los dedos alrededor de la perilla de la puerta más cercana.

La abres.

Y finalmente, entras al otro lado.



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